Lecturas del día
Las lecturas bíblicas señaladas para el día, con el texto completo en tu idioma. Sigue cada mañana las lecturas diarias de tu tradición, en la app de Bosko.
Primera lectura
Dios, que habló muchas veces, y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, Nos ha hablado en estos postreros días por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por quien asimismo hizo los siglos; El cual siendo el resplandor de su gloria, y la imagen expresa de su sustancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo hecho la purgación de nuestros pecados por sí mismo, se asentó a la diestra de la majestad en las alturas; Siendo hecho tanto más excelente que los ángeles, cuanto alcanzó por herencia más excelente nombre que ellos. ¿Porque a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy? Y otra vez: Yo seré a él Padre, y él me será a mí Hijo? Y otra vez, cuando introduce al primogénito en la redondez de la tierra, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios. Y ciertamente con respecto a los ángeles dice: El que hace sus ángeles espíritus, y a sus ministros, llama de fuego. Mas al Hijo: Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos: cetro de rectitud el cetro de tu reino. Amaste la justicia, y aborreciste la maldad; por esto Dios, tu Dios, te ungió, con el aceite de alegría más que a tus compañeros. Y: Tú, Señor, en el principio fundaste la tierra; y los cielos son obras de tus manos:
Primera lectura
Harás asimismo un altar de sahumerio de perfume: de madera de cedro lo harás. Su longura será de un codo, y su anchura de un codo; será cuadrado; y su altura de dos codos, y sus cuernos serán de el mismo. Y cubrirlo has de oro puro, su techumbre, y sus paredes al rededor, y sus cuernos: y hacerle has al derredor una corona de oro. Hacerle has también dos sortijas de oro debajo de su corona, a sus dos esquinas, en sus ambos lados, para meter las barras con que será llevado. Y harás las barras de madera de cedro, y cubrirlas has de oro. Y ponerlo has delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante de la cubierta que está sobre el testimonio, donde yo te testificaré de mí. Y quemará sobre él Aarón sahumerio de especias cada mañana, el cual quemará cuando aderezare las lámparas. Y cuando Aarón encenderá las lámparas entre las dos tardes, quemará el sahumerio continuamente delante de Jehová por vuestras edades. No ofreceréis sobre él sahumerio ajeno, ni holocausto, ni presente, ni tampoco derramaréis sobre él derramadura. Y expiará Aarón sobre sus cuernos una vez en el año con la sangre de la expiación de las reconciliaciones, una vez en el año expiará sobre él en vuestras edades. Santidad de santidades será a Jehová. ¶ Y habló Jehová a Moisés, diciendo: Cuando tomares el número de los hijos de Israel por la cuenta de ellos, cada uno dará a Jehová el rescate de su alma, cuando los contares, y no habrá en ellos mortandad por haberlos contado. Esto dará cualquiera que pasare por la cuenta, medio siclo conforme al siclo del santuario. El siclo es de veinte óbolos: la mitad de un siclo será la ofrenda a Jehová. Cualquiera que pasare por la cuenta de veinte años arriba dará la ofrenda a Jehová. Ni el rico aumentará, ni el pobre disminuirá de medio siclo, cuando dieren la ofrenda a Jehová para hacer expiación por vuestras personas. Y tomarás de los hijos de Israel el dinero de las expiaciones, y darlo has para la obra del tabernáculo del testimonio; y será por memorial a los hijos de Israel delante de Jehová para expiar vuestras personas. ¶ Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Harás también una fuente de metal con su basa de metal para lavar, y ponerla has entre el tabernáculo del testimonio, y el altar: y pondrás en ella agua; Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos sus manos y sus pies: Cuando entraren en el tabernáculo del testimonio, lavarse han con agua, y no morirán: y cuando se llegaren al altar para ministrar, para encender a Jehová la ofrenda encendida; Entonces se lavarán las manos y los pies, y no morirán. Y esto tendrán por estatuto perpetuo, él y su simiente por sus generaciones. ¶ Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Y tú tomarte has de las principales especias, de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad de esto, es a saber, doscientos y cincuenta: y de cálamo aromático doscientos y cincuenta: Y de casia quinientos al peso del santuario: y de aceite de olivas un hin. Y harás de ello el aceite de la santa unción, ungüento de ungüento, obra de perfumador, el cual será el aceite de la santa unción. Con él ungirás el tabernáculo del testimonio, y el arca del testimonio; Y la mesa, y todos sus vasos; y el candelero, y todos sus vasos; y el altar del perfume, Y el altar del holocausto y todos sus vasos, y la fuente y su basa. Y consagrarlos has, y serán santidad de santidades: cualquiera cosa que tocare en ellos, será santificada. Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y santificarlos has para que sean mis sacerdotes. ¶ Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras edades. Sobre carne de hombre no será untado, ni haréis otro semejante conforme a su composición: santo es, tenerlo heis vosotros por santo. Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre algún extraño, será cortado de sus pueblos. ¶ Dijo más Jehová a Moisés: Tómate especias aromáticas; es a saber, estacte, y uña, y gálbano aromático, e incienso limpio en igual peso: Y harás de ello una confección aromática de obra de perfumador, mezclada, pura, y santa. Y molerás de ella pulverizando, y de ella pondrás delante del testimonio en el tabernáculo del testimonio donde yo te testificaré de mí: Santidad de santidades os será. ¶ La confección que harás, no os haréis otra según su composición: Santidad te será para Jehová. Cualquiera que hiciere otra como ella para olerla, será cortado de sus pueblos.
Primera lectura
¶ Ahora pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que le ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma; Que guardes los mandamientos de Jehová, y sus estatutos, que yo te mando hoy, para que hayas bien? He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos y los cielos de los cielos: la tierra y todas las cosas que están en ella. Solamente de tus padres se agradó Jehová, para amarlos: y escogió su simiente después de ellos, a vosotros, de todos los pueblos, como parece en este día. ¶ Circuncidád pues el prepucio de vuestro corazón: y no endurezcáis más vuestra cerviz. Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses, y Señor de señores, Dios grande, poderoso y terrible, que no acepta personas, ni toma cohecho: Que hace derecho al huérfano y a la viuda: que ama también al extranjero dándole pan y vestido. ¶ Amaréis pues al extranjero: porque extranjeros fuisteis vosotros en tierra de Egipto. ¶ A Jehová tu Dios temerás, a él servirás, a él te allegarás, y por su nombre jurarás. El será tu alabanza, y él será tu Dios, que ha hecho contigo estas grandes y terribles cosas, que tus ojos han visto. Con setenta almas descendieron tus padres a Egipto, y ahora Jehová te ha hecho como las estrellas del cielo en multitud.
Oración matutina — primera lectura
Entonces Jehová dijo a Moisés: Entra a Faraón, y díle: Jehová, el Dios de los Hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirvan: Porque si no lo quieres dejar ir, y aun los detuvieres, He aquí, la mano de Jehová será sobre tus ganados que están en el campo, caballos, asnos, camellos, vacas, y ovejas con pestilencia gravísima: Y Jehová hará separación entre los ganados de Israel, y los de Egipto, que nada muera de todo lo de los hijos de Israel: Y Jehová señaló tiempo, diciendo: Mañana hará Jehová esta cosa en la tierra. Y el día siguiente Jehová hizo esta cosa, que todo el ganado de Egipto murió; mas del ganado de los hijos de Israel no murió uno. Entonces Faraón envió a ver, y he aquí que del ganado de los hijos de Israel no había muerto uno. Y el corazón de Faraón se agravó, y no dejó ir al pueblo. ¶ Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Tomáos vuestros puños llenos de la ceniza de un horno, y espárzala Moisés hacia el cielo delante de Faraón. Y volverse ha en polvo sobre toda la tierra de Egipto, que en los hombres y en las bestias se volverá en sarna que eche vejigas, por toda la tierra de Egipto. Y ellos tomaron la ceniza del horno, y pusiéronse delante de Faraón, y esparcióla Moisés hacia el cielo, y vino una sarna que echaba vejigas así en los hombres como en las bestias: Que los magos no podían estar delante de Moisés a causa de la sarna, porque hubo sarna en los magos, y en todos los Egipcios. Y Jehová endureció el corazón de Faraón para que no los oyese, como Jehová lo había dicho a Moisés. ¶ Entonces Jehová dijo a Moisés: Levántate de mañana, y ponte delante de Faraón, y díle: Jehová, el Dios de los Hebreos, dice así: Deja ir mi pueblo para que me sirva. Porque de otra manera esta vez yo envío todas mis plagas a tu corazón, y en tus siervos, y en tu pueblo, para que entiendas, que no hay otro como yo en toda la tierra. Porque ahora yo extenderé mi mano para herirte a ti y a tu pueblo de pestilencia, y serás quitado de la tierra. Porque a la verdad yo te he puesto para declarar en ti mi poderío, y que mi nombre sea contado en toda la tierra. Tú aun te ensalzas contra mi pueblo para no dejarlos ir. Pues he aquí que mañana a estas horas yo haré llover granizo muy grave, cual nunca fue en Egipto, desde el día que se fundó hasta ahora. Envía pues, recoge tu ganado, y todo lo que tienes en el campo; porque todo hombre o animal que se hallare en el campo y no fuere recogido a casa, el granizo descenderá sobre él, y morirá. El de los siervos de Faraón, que temió la palabra de Jehová, hizo huir sus siervos y su ganado a casa: Mas el que no puso en su corazón la palabra de Jehová, dejó sus siervos y sus ganados en el campo. Y Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que venga granizo en toda la tierra de Egipto sobre los hombres y sobre las bestias, y sobre toda la yerba del campo en la tierra de Egipto. Y Moisés extendió su vara hacia el cielo, y Jehová hizo truenos, y fuego discurría por la tierra: y llovió Jehová granizo sobre la tierra de Egipto. Y hubo granizo, y fuego mezclado entre el granizo, muy grande cual nunca fue en toda la tierra de Egipto; desde que fue habitada. Y aquel granizo hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias: asimismo toda la yerba del campo hirió el granizo, y quebró todos los árboles del campo. Solamente en la tierra de Gosén, donde los hijos de Israel estaban, no hubo granizo. ¶ Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y díjoles: Yo he pecado esta vez. Jehová es justo, y yo y mi pueblo impío. Orád a Jehová, y cesen los truenos de Dios y el granizo; y yo os dejaré ir, y no quedaréis más aquí. Y respondióle Moisés: En saliendo yo de la ciudad extenderé mis manos a Jehová, y los truenos cesarán, y no habrá más granizo, para que sepas que de Jehová es la tierra: Mas yo conozco a ti y a tus siervos de antes que temieseis de la presencia del Dios Jehová. El lino y la cebada fueron heridos; porque la cebada estaba ya espigada, y el lino en caña. Mas el trigo y el centeno no fueron heridos, porque eran tardíos. Y salido Moisés de con Faraón de la ciudad, extendió sus manos a Jehová, y cesaron los truenos y el granizo; y la lluvia no cayó más sobre la tierra. Y viendo Faraón, que la lluvia había cesado, y el granizo y los truenos, perseveró en pecar, y agravó su corazón él y sus siervos. Y el corazón de Faraón se endureció, y no dejó ir los hijos de Israel, como Jehová lo había dicho por mano de Moisés.
Epístola
Haya en vosotros los mismos sentimientos que hubo también en Cristo Jesús: El cual siendo en forma de Dios, no tuvo por rapiña ser igual a Dios; Mas se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho a semejanza de los hombres; Y hallado en su condición como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por lo cual Dios también le ensalzó soberanamente, y le dio nombre que es sobre todo nombre; Para que al nombre de Jesús toda rodilla de lo celestial, de lo terrenal, y de lo infernal se doble; Y que toda lengua confiese, que Jesu Cristo es Señor para la gloria de Dios el Padre.
Primera lectura
Levántate, resplandece: que viene tu lumbre, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Que he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad los pueblos; y sobre ti nacerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria. Y andarán las naciones a tu lumbre, y los reyes al resplandor de tu sol. Alza tus ojos en derredor, y mira, todos estos se han juntado, vinieron a ti: tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas sobre el lado serán criadas. Entonces verás, y resplandecerás; y maravillarse ha, y ensancharse ha tu corazón, que se haya vuelto a ti la multitud de la mar, que la fortaleza de las naciones haya venido a ti. Multitud de camellos te cubrirá, pollinos de Madián, y de Efa: todos los de Sabá vendrán: oro e incienso traerán, y publicarán alabanzas de Jehová. Todo el ganado de Cedar será juntado para ti: carneros de Nabaiot te serán servidos: serán ofrecidos con gracia sobre mi altar; y la casa de mi gloria glorificaré. ¿Quiénes son estos que vuelan como nubes, y como palomas a sus ventanas? Porque a mi esperarán las islas, y las naves de Társis desde el principio: para traer tus hijos de lejos, su plata, y su oro con ellos, al nombre de Jehová tu Dios, y al Santo de Israel, que te ha glorificado. Y los hijos de los extranjeros edificarán tus muros, y sus reyes te servirán; porque en mi ira te herí, mas en mi buena voluntad habré de ti misericordia. Tus puertas estarán de continuo abiertas, no se cerrarán de día ni de noche: para que fortaleza de naciones sea traída a ti, y sus reyes guiando. Porque la nación, o el reino que no te sirviere, perecerá; y asolando serán asoladas. La gloria del Líbano vendrá a ti, hayas, pinos, y bojes juntamente, para honrar el lugar de mi santuario, y honraré el lugar de mis pies. Y vendrán a ti humillados los hijos de los que te afligieron, y a las pisadas de tus pies se encorvarán todos los que te escarnecían; y llamarte han: Ciudad de Jehová, Sión del Santo de Israel. En lugar de que has sido desechada y aborrecida, y que no había quien pasase por ti, ponerte he en gloria perpetua, en gozo de generación y generación. Y mamarás la leche de las naciones, el pecho de los reyes mamarás; y conocerás que yo soy Jehová el Salvador tuyo, y Redentor tuyo, el Fuerte de Jacob. Por el metal traeré oro, y por el hierro plata, y por la madera metal, y por las piedras hierro; y pondré paz por tu tributo, y justicia por tus exactores. Nunca más se oirá en tu tierra violencia, destrucción y quebrantamiento en tus términos: mas a tus muros llamarás salud; y a tus puertas alabanza. El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará: mas serte ha Jehová por luz perpetua, y por tu gloria, el Dios tuyo. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará; porque te será Jehová por perpetua luz, y los días de tu luto serán acabados. Y tu pueblo, todos ellos, serán justos; para siempre heredarán la tierra: serán renuevos de mi plantación, obra de mis manos, para glorificarme. El pequeño será por mil, el menor, por nación fuerte. Yo Jehová a su tiempo haré que esto sea presto.
Oración matutina — segunda lectura
Y aconteció que como hubo acabado Jesús todas estas palabras, dijo a sus discípulos: Sabéis que dentro de dos días se hace la pascua; y el Hijo del hombre es entregado para ser crucificado. Entonces los príncipes de los sacerdotes, y los escribas, y los ancianos del pueblo se juntaron en el palacio del sumo sacerdote, el cual se llamaba Caifás. Y tuvieron consejo para prender por engaño a Jesús, y matarle. Y decían: No en el día de la fiesta, porque no se haga alboroto en el pueblo. ¶ Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, Vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de ungüento de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa: Lo cual viendo sus discípulos, se enojaron, diciendo: ¿Por qué se pierde esto? Porque este ungüento se podía vender por gran precio, y darse a los pobres. Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué dais pena a esta mujer? porque ha hecho buena obra para conmigo. Porque siempre tenéis pobres con vosotros; mas a mí no siempre me tenéis. Porque echando este ungüento sobre mi cuerpo, para sepultarme lo ha hecho. De cierto os digo, que donde quiera que este evangelio fuere predicado en todo el mundo, también será dicho para memoria de ella lo que esta ha hecho. ¶ Entonces uno de los doce, que se llamaba Júdas Iscariote, fue a los príncipes de los sacerdotes, Y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os le entregaré? Y ellos le señalaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle. ¶ Y el primer día de la fiesta de los panes sin levadura, vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres que te aderecemos para comer la pascua? Y él dijo: Id a la ciudad a casa de tal hombre, y decídle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca: en tu casa haré la pascua con mis discípulos. Y los discípulos hicieron como Jesús les mandó, y aderezaron la pascua. Y como fue la tarde del día, se sentó a la mesa con los doce. Y comiendo ellos, dijo: De cierto os digo, que uno de vosotros me ha de entregar. Y ellos entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor? Entonces él respondiendo, dijo: El que mete la mano conmigo en el plato, éste me ha de entregar. A la verdad el Hijo del hombre va, como está escrito de él; mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! bueno le fuera al tal hombre no haber nacido. Entonces respondiendo Júdas, que le entregaba, dijo: ¿Soy yo quizá Maestro? Dícele: Tú lo has dicho. Y comiendo ellos, tomó Jesús el pan, y habiendo dado gracias lo rompió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomád, coméd: éste es mi cuerpo. Y tomando la copa, y hechas gracias, dióles, diciendo: Bebéd de ella todos. Porque esta es mi sangre del nuevo testamento, la cual es derramada por muchos para remisión de los pecados. Y os digo, que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi Padre. Y cuando hubieron cantado un himno, salieron al monte de las Olivas. ¶ Entonces Jesús les dice: Todos vosotros seréis escandalizados en mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y se descarriarán las ovejas de la manada. Mas después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea. Y respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos sean escandalizados en ti, yo nunca seré escandalizado. Jesús le dice: De cierto te digo, que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Dícele Pedro: Aunque me sea menester morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo. ¶ Entonces llegó Jesús con ellos al huerto, que se llama Getsemaní, y dice a sus discípulos: Sentáos aquí, hasta que vaya allí, y ore. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse, y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dice: Mi alma está muy triste hasta la muerte: quedáos aquí, y velád conmigo. Y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando, y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa: empero no como yo quiero, mas como tú. Y vino a sus discípulos, y los halló durmiendo; y dijo a Pedro: ¡Qué! ¿No habéis podido velar conmigo una hora? Velád y orád, para que no entréis en tentación: el espíritu a la verdad está presto, mas la carne enferma. Otra vez, fue segunda vez, y oró, diciendo: Padre mío, si no puede esta copa pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Y vino, y los halló otra vez durmiendo; porque los ojos de ellos eran agravados. Y dejándolos, fue otra vez, y oró tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos, y les dice: Dormíd ya, y descansád: he aquí, ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores. Levantáos, vamos: he aquí, ha llegado el que me entrega. ¶ Y hablando aun él, he aquí, Júdas, uno de los doce, vino, y con él una grande multitud, con espadas y palos, de parte de los príncipes de los sacerdotes, y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, aquel es: tenédle bien. Y luego que llegó a Jesús, dijo: Tengas gozo, Maestro. Y le besó. Y Jesús le dijo: ¿Amigo, a qué vienes? Entonces llegaron, y echaron mano a Jesús, y le prendieron. Y, he aquí, uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó una oreja. Entonces Jesús le dice: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán. O ¿piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y él me daría más de doce legiones de ángeles? Mas ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, de que así es menester que sea hecho? En aquella hora dijo Jesús a la multitud: Como a ladrón habéis salido con espadas y con palos a prenderme: cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis. Mas todo esto se hace, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos huyeron, dejándole. Y ellos, prendido Jesús, le trajeron a Caifás sumo sacerdote, donde los escribas y los ancianos estaban juntos. Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrado dentro, se estaba sentado con los criados, para ver el fin. Y los príncipes de los sacerdotes, y los ancianos, y todo el concilio buscaban algún falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte; Y no hallaban: y aunque muchos testigos falsos se llegaban, no lo hallaron. Mas a la postre vinieron dos testigos falsos, Que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y reedificarle en tres días. Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican estos contra ti? Mas Jesús callaba. Y respondiendo el sumo sacerdote, le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas, si eres tú el Cristo, Hijo de Dios. Jesús le dice: Tú lo has dicho. Y aun os digo, que de aquí a poco habéis de ver al Hijo del hombre asentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo sobre las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: Blasfemado ha: ¿qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos dijeron: Culpado es de muerte. Entonces le escupieron en su rostro, y le dieron de bofetadas, y otros le herían a puñadas, Diciendo: Profetízanos, oh Cristo, quién es el que te ha herido. ¶ Y Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se llegó a él una criada, diciendo: Y tú con Jesús el Galileo estabas. Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices. Y saliendo a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús Nazareno. Y negó otra vez con juramento, diciendo: No conozco a ese hombre. Y después de un poco se allegaron los que por allí estaban, y dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres uno de ellos; porque aun tu habla te hace manifiesto. Entonces comenzó a echarse maldiciones, y a jurar, diciendo: No conozco a ese hombre. Y el gallo cantó luego. Y se acordó Pedro de las palabras de Jesús, que le dijo: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliéndose fuera, lloró amargamente.
Salmo responsorial
Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican: Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guarda. Por demás os es el madrugar a levantaros, el veniros tarde a reposar, el comer pan de dolores: así dará a su amado el sueño. ¶ He aquí, heredad de Jehová son los hijos: cosa de estima el fruto de vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos de las juventudes. Bienaventurado el varón que hinchió su aljaba de ellos: no será avergonzado, cuando hablare con los enemigos en la puerta.
Evangelio
¶ Entonces llegó Jesús con ellos al huerto, que se llama Getsemaní, y dice a sus discípulos: Sentáos aquí, hasta que vaya allí, y ore. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse, y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dice: Mi alma está muy triste hasta la muerte: quedáos aquí, y velád conmigo. Y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando, y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa: empero no como yo quiero, mas como tú. Y vino a sus discípulos, y los halló durmiendo; y dijo a Pedro: ¡Qué! ¿No habéis podido velar conmigo una hora? Velád y orád, para que no entréis en tentación: el espíritu a la verdad está presto, mas la carne enferma. Otra vez, fue segunda vez, y oró, diciendo: Padre mío, si no puede esta copa pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Y vino, y los halló otra vez durmiendo; porque los ojos de ellos eran agravados. Y dejándolos, fue otra vez, y oró tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos, y les dice: Dormíd ya, y descansád: he aquí, ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores. Levantáos, vamos: he aquí, ha llegado el que me entrega. ¶ Y hablando aun él, he aquí, Júdas, uno de los doce, vino, y con él una grande multitud, con espadas y palos, de parte de los príncipes de los sacerdotes, y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, aquel es: tenédle bien. Y luego que llegó a Jesús, dijo: Tengas gozo, Maestro. Y le besó. Y Jesús le dijo: ¿Amigo, a qué vienes? Entonces llegaron, y echaron mano a Jesús, y le prendieron. Y, he aquí, uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó una oreja. Entonces Jesús le dice: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán. O ¿piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y él me daría más de doce legiones de ángeles? Mas ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, de que así es menester que sea hecho? En aquella hora dijo Jesús a la multitud: Como a ladrón habéis salido con espadas y con palos a prenderme: cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis. Mas todo esto se hace, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos huyeron, dejándole. Y ellos, prendido Jesús, le trajeron a Caifás sumo sacerdote, donde los escribas y los ancianos estaban juntos. Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrado dentro, se estaba sentado con los criados, para ver el fin. Y los príncipes de los sacerdotes, y los ancianos, y todo el concilio buscaban algún falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte; Y no hallaban: y aunque muchos testigos falsos se llegaban, no lo hallaron. Mas a la postre vinieron dos testigos falsos, Que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y reedificarle en tres días. Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican estos contra ti? Mas Jesús callaba. Y respondiendo el sumo sacerdote, le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas, si eres tú el Cristo, Hijo de Dios. Jesús le dice: Tú lo has dicho. Y aun os digo, que de aquí a poco habéis de ver al Hijo del hombre asentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo sobre las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: Blasfemado ha: ¿qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos dijeron: Culpado es de muerte. Entonces le escupieron en su rostro, y le dieron de bofetadas, y otros le herían a puñadas, Diciendo: Profetízanos, oh Cristo, quién es el que te ha herido. ¶ Y Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se llegó a él una criada, diciendo: Y tú con Jesús el Galileo estabas. Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices. Y saliendo a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús Nazareno. Y negó otra vez con juramento, diciendo: No conozco a ese hombre. Y después de un poco se allegaron los que por allí estaban, y dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres uno de ellos; porque aun tu habla te hace manifiesto. Entonces comenzó a echarse maldiciones, y a jurar, diciendo: No conozco a ese hombre. Y el gallo cantó luego. Y se acordó Pedro de las palabras de Jesús, que le dijo: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliéndose fuera, lloró amargamente. Y venida la mañana, entraron en consejo todos los príncipes de los sacerdotes, y los ancianos del pueblo, contra Jesús, para entregarle a muerte. Y le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato presidente. Entonces Júdas, el que le había entregado, viendo que era condenado, volvió arrepentido las treinta piezas de plata a los príncipes de los sacerdotes, y a los ancianos, Diciendo: Yo he pecado entregando la sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué se nos da a nosotros? Viéraslo tú. Y arrojando las piezas de plata al templo, se partió, y fue, y se ahorcó. Y los príncipes de los sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro, porque es precio de sangre. Mas habido consejo, compraron con ellas el campo del Ollero, por sepultura para los extranjeros. Por lo cual fue llamado aquel campo: Campo de sangre, hasta el día de hoy. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, que dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, que fue apreciado por los hijos de Israel; Y las dieron para comprar el campo del Ollero, como me ordenó el Señor. ¶ Y Jesús estuvo delante del presidente, y el presidente le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el rey de los Judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices. Y siendo acusado por los príncipes de los sacerdotes, y por los ancianos, nada respondió. Pilato entonces le dice: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? Y no le respondió ni una palabra, de tal manera que el presidente se maravillaba mucho. ¶ Y en el día de la fiesta acostumbraba el presidente soltar al pueblo un preso cual quisiesen. Y tenían entonces un preso famoso, que se llamaba Barrabás. Y juntos ellos, les dijo Pilato: ¿Cuál queréis que os suelte? ¿a Barrabás, o a Jesús, que es llamado el Cristo? Porque sabía que por envidia le habían entregado. Y estando él sentado en el tribunal, su mujer envió a él, diciendo: No tengas que ver con aquel justo; porque hoy he padecido muchas cosas en sueños por causa de él. Mas los príncipes de los sacerdotes, y los ancianos, persuadieron al pueblo, que pidiese a Barrabás, y a Jesús matase. Y respondiendo el presidente, les dijo: ¿Cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Qué pues haré de Jesús que es llamado el Cristo? Dícenle todos: Sea crucificado. Y el presidente les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Mas ellos alzaban más el grito, diciendo: Sea crucificado. Y viendo Pilato que nada aprovechaba, antes se hacía más alboroto, tomando agua lavó sus manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo: védlo vosotros. Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos. Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado. ¶ Entonces los soldados del presidente llevando a Jesús al pretorio, juntaron a él toda la cuadrilla. Y desnudándole, echáronle encima un manto de grana. Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, burlaban de él, diciendo: Tengas gozo, rey de los Judíos. Y escupiendo en él, tomaron la caña, y le herían en la cabeza. Y después que le hubieron escarnecido, le desnudaron el manto, y le vistieron de sus vestidos, y le llevaron para crucificarle. Y saliendo, hallaron a un Cireneo que se llamaba Simón: a éste cargaron para que llevase su cruz. Y como llegaron al lugar que se llama Gólgota, que quiere decir, el lugar de la Calavera, Le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; y gustando, no quiso beberlo. Y después que le hubieron crucificado, repartieron sus vestidos, echando suertes; para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta: Se repartieron mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y le guardaban, sentados allí. Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESUS, EL REY DE LOS JUDÍOS. Entonces crucificaron con él dos ladrones: uno a la derecha, y otro a la izquierda. Y los que pasaban, le decían injurias, meneando sus cabezas, Y diciendo: Tú, el que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo. Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los príncipes de los sacerdotes escarneciendo, con los escribas, y los Fariseos, y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí no se puede salvar. Si es el rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios: líbrele ahora, si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. Lo mismo también le zaherían los ladrones que estaban crucificados con él. ¶ Y desde la hora de sexta fueron tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora de nona. Y cerca de la hora de nona Jesús exclamó con gran voz, diciendo: Eli, Eli, ¿lamma sabachthani? esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban allí, oyéndolo, decían: A Elías llama éste. Y luego corriendo uno de ellos tomó una esponja, y la hinchió de vinagre, y poniéndola en una caña, le daba para que bebiese. Y los otros decían: Deja, veamos si vendrá Elías a librarle. Mas Jesús habiendo otra vez exclamado con grande voz, dio el espíritu. Y, he aquí, el velo del templo se rompió en dos, de alto a bajo; y la tierra se movió, y las piedras se hendieron; Y los sepulcros se abrieron; y muchos cuerpos de santos, que habían dormido, se levantaron. Y salidos de los sepulcros, después de su resurrección, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. Y el centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, diciendo: Verdaderamente Hijo de Dios era éste. Y estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido de Galilea a Jesús, sirviéndole: Entre las cuales era María Magdalena, y María madre de Santiago y de Joses, y la madre de los hijos de Zebedeo. ¶ Y como fue la tarde del día, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, el cual también era discípulo de Jesús. Este llegó a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que el cuerpo se le diese. Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, Y lo puso en un sepulcro suyo nuevo, que había labrado en la roca; y revuelta una grande piedra a la puerta del sepulcro, se fue.
Salmo responsorial
Escápame de mis enemigos, o! Dios mío: líbrame de los que se levantan contra mí. Escápame de los que obran iniquidad, y sálvame de los varones de sangres: Porque, he aquí, han asechado a mi vida: hánse juntado contra mí fuertes sin rebelión mía, y sin pecado mío, o! Jehová. Sin mi delito corren, y se aperciben: despierta para encontrarme, y mira. Y tú, Jehová Dios de los ejércitos, Dios de Israel, despierta a visitar todas las naciones: no hayas misericordia de todos los que se rebelan con iniquidad. Selah. Volverse han a la tarde, ladrarán como perros, y rodearán la ciudad. He aquí, hablarán con su boca: espadas están en sus labios, porque, ¿Quién lo oye? Mas tú, Jehová, te reirás de ellos: harás burla de todas las gentes. Para ti reservaré su fortaleza: porque Dios es mi defensa. El Dios de mi misericordia me prevendrá: Dios me hará ver en mis enemigos venganza. No los matarás, porque mi pueblo no se olvide; házlos vagabundos con tu fortaleza, y abatelos, o! Jehová, escudo nuestro. Por el pecado de su boca, por la palabra de sus labios, y sean presos por su soberbia: y cuenten de maldición y de enflaquecimiento, Acábalos con furor, acábalos y no sean: y sepan que Dios domina en Jacob hasta los fines de la tierra. Selah. Y vuelvan a la tarde, y ladren como perros: y rodeen la ciudad. Anden ellos vagabundos para hallar que comer: y si no se hartaren, murmuren. Y yo cantaré tu fortaleza y loaré de mañana tu misericordia: porque has sido mi amparo, y refugio en el día de mi angustia. Fortaleza mía, a ti cantaré: porque eres Dios de mi amparo, Dios de mi misericordia.
Salmo responsorial
O! Pastor de Israel, escucha: tú que pastoreas, como a ovejas, a José: tú que estás entre los querubines, resplandece. Despierta tu valentía delante de Efraím, y de Ben-jamín, y de Manasés: y ven a salvarnos. O! Dios, háznos tornar: y haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos. Jehová Dios de los ejércitos, ¿hasta cuándo te airarás contra la oración de tu pueblo? Dísteles a comer pan de lágrimas: y dísteles a beber lágrimas con medida. Pusístenos por contienda a nuestros vecinos: y nuestros enemigos se burlan de nosotros entre sí. O! Dios de los ejércitos, háznos tornar: y haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos. Hiciste venir la vid de Egipto: echaste a los Gentiles, y la plantaste. Limpiaste el lugar delante de ella: e hiciste arraigar sus raíces, e hinchió la tierra. Los montes fueron cubiertos de su sombra: y sus ramas como cedros de Dios. Enviaste o! Señor, sus ramas hasta la mar: y hasta el río sus mugrones. ¿Por qué aportillaste sus vallados, y la cogieron todos los que pasaron por el camino? Destruyóla el puerco montés, y la pació la bestia del campo. O! Dios de los ejércitos, vuelve ahora: mira desde el cielo, y vé, y visita esta vid. Y la planta que tu diestra plantó: y sobre el mugrón que tú corroboraste para ti. Quemada a fuego está, y talada: perezcan por la reprensión de tu rostro. Sea tu mano sobre el varón de tu diestra: sobre el hijo del hombre que tú corroboraste para ti. Y no nos tornaremos de ti: darnos has vida, e invocaremos tu nombre. O! Jehová, Dios de los ejércitos, háznos tornar, haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.
Salmo responsorial
Mi voz a Dios, y clamé: mi voz a Dios, y él me escuchará. En el día de mi angustia al Señor busqué: mi llaga se desangraba de noche, sin estancarse: mi alma no quería consuelo. Acordábame de Dios, y me sobresaltaba: quejábame, y desmayaba mi espíritu. Selah. Tenías los párpados de mis ojos: estaba quebrantado, y no hablaba. Contaba los días desde el principio: los años de los siglos. Acordábame de mis canciones de noche: meditaba con mi corazón, y mi espíritu escudriñaba. ¿Desechará el Señor para siempre, y no volverá más a amar? ¿Háse acabado para siempre su misericordia? ¿Háse acabado la palabra para generación y generación? ¿Ha olvidado Dios el haber misericordia? ¿Ha encerrado con la ira sus misericordias? Selah. Y dije: Enfermedad mía es. En los años de la diestra del Altísimo. Acordábame de las obras de Jehová: por tanto me acordé de tus maravillas antiguas. Y meditaba en todas tus obras, y hablaba de tus hechos. O! Dios, en santidad es tu camino, ¿Quién es Dios grande, como el Dios nuestro? Tú eres el Dios que hace maravillas, haciendo notoria en los pueblos tu fortaleza. Redímiste con brazo tu pueblo, los hijos de Jacob y de José. Selah. Viéronte las aguas, o! Dios, las aguas te vieron, temieron, también temblaron los abismos. Las nubes echaron inundaciones de aguas: los cielos dieron voz; asimismo discurrieron tus rayos. El sonido de tus truenos anduvo en cerco: los relámpagos alumbraron al mundo: la tierra se estremeció, y tembló. En la mar estuvo tu camino: y tus sendas en las muchas aguas; y tus pisadas no fueron conocidas. Llevaste, como ovejas, tu pueblo, por mano de Moisés, y de Aarón.
Oración vespertina — primera lectura
Y Jehová dijo a Moisés: Entra a Faraón, porque yo he agravado su corazón, y el corazón de sus siervos, para dar entre ellos estas mis señales: Y para que cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en Egipto, y mis señales, que yo di entre ellos: y para que sepáis que yo soy Jehová. Entonces vino Moisés y Aarón a Faraón, y dijéronle: Jehová, el Dios de los Hebreos, ha dicho así: ¿Hasta cuando no querrás humillarte delante de mí? Deja ir a mi pueblo, para que me sirvan: Y si aun rehusas de dejarle ir, he aquí que yo traeré mañana langosta en tus términos, La cual cubrirá la haz de la tierra, que la tierra no pueda ser vista, y ella comerá lo que quedó salvo, lo que os ha quedado del granizo: y comerá todo árbol que os produce fruto en el campo. Y henchirse han tus casas; y las casas de todos tus siervos, y las casas de todos los Egipcios, cual nunca vieron tus padres, ni tus abuelos desde que ellos fueron sobre la tierra hasta hoy. Y volvióse, y salió de con Faraón. Entonces los siervos de Faraón le dijeron: ¿Hasta cuándo nos ha de ser este por lazo? Deja ir estos hombres, para que sirvan a Jehová su Dios: ¿Aun no sabes que Egipto está destruido? Y Moisés y Aarón fueron tornados a llamar a Faraón, el cual les dijo: Andád, servíd a Jehová vuestro Dios. ¿Quién y quién son los que han de ir? Y Moisés respondió: Nosotros hemos de ir con nuestros niños, y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas: con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir; porque tenemos solemnidad de Jehová. Y él les dijo: Así sea Jehová con vosotros como yo os dejaré ir a vosotros y a vuestros niños: mirád la malicia que está delante de vuestro rostro. No será así. Andád ahora los varones, y servíd a Jehová; porque esto es lo que vosotros demandasteis. Y echáronlos de delante de Faraón. ¶ Entonces Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto para langosta, para que suba sobre la tierra de Egipto; y pazca todo lo que el granizo dejó. Y extendió Moisés su vara sobre la tierra de Egipto, y Jehová trajo un viento oriental sobre la tierra todo aquel día, y toda aquella noche; y a la mañana el viento oriental trajo la langosta. Y subió la langosta sobre toda la tierra de Egipto, y asentóse en todos los términos de Egipto, en gran manera grave: antes de ella no hubo tal langosta; ni después de ella vendrá otra tal. Y cubrió la haz de toda la tierra, y la tierra se oscureció, y comió toda la yerba de la tierra, y todo el fruto de los árboles, que había dejado el granizo, que no quedó cosa verde en árboles ni en la yerba del campo por toda la tierra de Egipto. ¶ Entonces Faraón hizo llamar a priesa a Moisés y a Aarón, y dijo: Yo he pecado contra Jehová vuestro Dios, y contra vosotros. Mas yo ruego ahora que perdones mi pecado solamente esta vez, y que oréis a Jehová vuestro Dios, que quite de mí solamente esta muerte. Y salió de con Faraón, y oró a Jehová. Y Jehová volvió un viento occidental fortísimo, y quitó la langosta, y echóla en el mar Bermejo: ni aun una langosta quedó en todo el término de Egipto. Y Jehová endureció el corazón de Faraón, y no envió los hijos de Israel. ¶ Y Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que sean tinieblas sobre la tierra de Egipto, tales que cualquiera las palpe. Y extendió Moisés su mano hacia el cielo; y fueron tinieblas oscuras tres días por toda la tierra de Egipto. Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se levantó de su lugar en tres días; mas todos los hijos de Israel tenían luz en sus habitaciones. ¶ Entonces Faraón hizo llamar a Moisés, y dijo: Id, servíd a Jehová; solamente queden vuestras ovejas y vuestras vacas; vayan también vuestros niños con vosotros. Y Moisés respondió: Tú también nos darás en nuestras manos sacrificios y holocaustos; que sacrifiquemos a Jehová nuestro Dios. Nuestros ganados irán también con nosotros: no quedará ni aun una uña; porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehová nuestro Dios: que tampoco nosotros sabemos, aun con qué hemos de servir a Jehová, hasta que vengamos allá. Mas Jehová endureció el corazón de Faraón, y no quiso dejarlos ir. Y díjole Faraón: Vete de mí, guárdate que no veas más mi rostro, porque en cualquier día, que vieres mi rostro, morirás. Y Moisés respondió: Bien has dicho: yo no veré más tu rostro.
Segunda lectura
Así que ahora, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible a la ley, en cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de la carne del pecado, y por pecado, condenó al pecado en la carne; Para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son según la carne, piensan en las cosas que son de la carne; mas los que son según el Espíritu, en las cosas que son del Espíritu. Porque el ánimo carnal es muerte; mas el ánimo espiritual, vida y paz; Por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tan tampoco puede. Así que, los que son según la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no sois según la carne, sino según el Espíritu: si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él. Empero si Cristo es en vosotros, el cuerpo a la verdad está muerto a causa del pecado; mas el Espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús, mora en vosotros, el que levantó a Cristo de los muertos, vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne para que vivamos conforme a la carne. Porque si viviereis conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu mortificareis las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre. Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo: si empero padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos también glorificados. Porque yo juzgo, que lo que en este tiempo se padece, no es digno de compararse con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada. ¶ Porque el continuo atalayar de la criatura espera la manifestación de los hijos de Dios; Porque la criatura fue sujetada a vanidad, no de su voluntad, sino por causa de aquel que la sujetó con esperanza. De que también la misma criatura será librada de la servidumbre de corrupción, en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque ya sabemos, que toda la creación gime a una, y a una está en dolores de parto hasta ahora. Y no solo ella, mas también nosotros mismos que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, es a saber, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza somos salvos: empero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿cómo aun lo espera? Mas si lo que no vemos esperamos, por paciencia lo esperamos. Y asimismo también el Espíritu a una ayuda nuestra flaqueza; porque no sabemos lo que hemos de pedir como conviene; mas el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones, sabe cual es el deseo del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos. Y sabemos, que todas las cosas obran juntamente para el bien de los que a Dios aman, es a saber, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a estas cosas? Si Dios es por nosotros, ¿quién será contra nosotros? El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar también con él gratuitamente todas las cosas? ¿Quién acusará contra los escogidos de Dios? Dios es el que los justifica. ¿Quién es el que los condena? Cristo es el que murió: antes el que también resucitó, el que también está a la diestra de Dios, el que también demanda por nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación? ¿o angustia? ¿o persecución? ¿o hambre? ¿o desnudez? ¿o peligro? ¿o espada? (Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todos los días: somos estimados como ovejas para el matadero:) Antes en todas estas cosas vencemos, y aun más, por aquel que nos amó. Por que estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, Ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna otra criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Segunda lectura
Pablo, apóstol de Jesu Cristo, por la voluntad de Dios según la promesa de la vida, que es por Cristo Jesús, A Timoteo, mi amado hijo: Gracia, misericordia, y paz de Dios el Padre, y de Jesu Cristo Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar tengo memoria de ti en mis oraciones noche y día; Deseando mucho verte, acordándome de tus lágrimas, para que me llene de gozo; Trayendo a la memoria la fe no fingida que está en ti, que también habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice; y estoy cierto que habita en ti también. Por lo cual te amonesto, que despiertes el don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de cordura. Por tanto no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí que soy su prisionero; antes sé partícipe de los trabajos del evangelio según la virtud de Dios, El cual nos ha salvado, y nos ha llamado con santa vocación, no según nuestras obras, mas según su propio propósito, y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús, antes de los tiempos de los siglos; Mas ahora es manifestada por la manifestación de nuestro Salvador Jesu Cristo, el cual verdaderamente acabó con la muerte, y sacó a luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio: Del cual yo soy constituido predicador, y apóstol, y maestro de los Gentiles. Por cuya causa asimismo padezco estas cosas; mas no me avergüenzo; porque yo sé a quien he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día. Retén firmemente la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda, pues, el buen depósito por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Ya sabes esto, que se me han vuelto en contrarios todos los que están en Asia; de los cuales son Figello, y Hermógenes. Dé el Señor misericordia a la casa de Onesiforo, que muchas veces me refrigeró, y no se avergonzó de mi cadena: Antes estando él en Roma, me buscó solícitamente, y me halló. Déle el Señor que halle misericordia cerca del Señor en aquel día. Y cuanto nos ayudó en Efeso, tú lo sabes muy bien.
Segunda lectura
Por causa de esto hinco mis rodillas al Padre de nuestro Señor Jesu Cristo: (De quien toma nombre toda la familia en los cielos y en la tierra:) Que os dé conforme a las riquezas de su gloria, que seáis corroborados con poder en el hombre interior por su Espíritu: Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones; para que arraigados y afirmados en amor, Podáis comprender con todos los santos cual sea la anchura, y la longitud, y la profundidad, y la altura; Y conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo entendimiento; para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. A aquel, pues, que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos, o entendemos, conforme al poder que obra en nosotros, A él, digo, sea gloria en la iglesia por Cristo Jesús, por todas las edades del siglo de los siglos. Amén.
Segunda lectura
Visión de Isaías, hijo de Amós, la cual vio sobre Judá y Jerusalem, en días de Ozías, Joatam, Acaz, y Ezequías, reyes de Judá, Oíd, cielos, y escucha, tierra; porque habla Jehová. Crié hijos, y los levanté a grandes; y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoció a su dueño, y el asno el pesebre de su señor: Israel no conoció, mi pueblo no entendió. ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos corrompedores! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al santo de Israel, tornáronse atrás. ¿Para qué seréis castigados aun? todavía os rebelaréis. Toda cabeza enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa entera: herida, hinchazón, y llaga podrida: no son curadas, ni vendadas, ni ablandadas, con aceite. Vuestra tierra destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida de extranjeros, y asolada como en asolamiento de extraños. Y quedará la hija de Sión como choza en viña, y como cabaña en melonar, como ciudad asolada. Si Jehová de los ejércitos no hubiera hecho que nos quedasen sobras muy pocas, como Sodoma fuéramos, y semejantes a Gomorra. ¶ Príncipes de Sodoma, oíd la palabra de Jehová: escuchád la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. ¿Para qué a mí la multitud de vuestros sacrificios? dice Jehová. Harto estoy de holocaustos de carneros, y de sebo de animales gruesos: no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos de cabrío. ¿Quién demandó esto de vuestras manos, cuando vinieseis a ver mi rostro, a hollar mis patios? No me traigáis más presente vano: el perfume me es abominación. Luna nueva, y sábado, convocar convocación, no podré sufrir: iniquidad y solemnidad. Vuestras lunas nuevas, y vuestras solemnidades tiene aborrecidas mi alma: hánme sido carga: cansado estoy de llevarlas. Cuando extendiereis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; también cuando multiplicareis la oración, yo no oiré: llenas están de sangre vuestras manos. ¶ Lavád, limpiaos, quitád la iniquidad de vuestras obras de la presencia de mis ojos: dejád de hacer lo malo: Aprendéd a bien hacer, buscád juicio, restituíd al agraviado, oíd a derecho al huérfano, amparád la viuda. Veníd pues, dirá Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, serán tornados como la lana. Si quisiereis, y oyereis, comeréis el bien de la tierra. Si no quisiereis, y fuereis rebeldes, seréis consumidos a cuchillo; porque la boca de Jehová lo ha dicho.
Evangelio
Y se llegaban a él todos los publicanos, y pecadores a oírle. Y murmuraban los Fariseos y los escribas, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come. Y él les propuso esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si perdiere una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió, hasta que la halle? Y hallada, la pone sobre sus hombros gozoso; Y viniendo a casa, junta a sus amigos, y a sus vecinos, diciéndoles: Dádme el parabién; porque he hallado mi oveja que se había perdido. Os digo, que así habrá más gozo en el cielo sobre un pecador que se arrepiente, que sobre noventa y nueve justos, que no han menester arrepentirse. ¶ ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si perdiere la una dracma, no enciende luz, y barre la casa, y busca con diligencia, hasta hallarla? Y cuando la hubiere hallado, junta sus amigas, y sus vecinas, diciendo: Dádme el parabién; porque he hallado la dracma que había perdido. Así os digo, que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente. ¶ También dijo: Un hombre tenía dos hijos; Y el más mozo de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me pertenece. Y él les repartió su hacienda. Y después de no muchos días, juntándolo todo el hijo más mozo, se partió lejos, a una tierra apartada; y allí desperdició su hacienda viviendo perdidamente. Y después que lo hubo todo gastado, vino una grande hambre en aquella tierra; y comenzóle a faltar. Y fue, y se llegó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a sus campos, para que apacentase los puercos. Y deseaba henchir su vientre de las algarrobas que comían los puercos; mas nadie se las daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré: Padre, pecado he contra el cielo, y contra ti: Ya no soy digno de ser llamado tu hijo: hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y como aun estuviese lejos, le vio su padre, y fue movido a misericordia; y corriendo a él, se derribó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, pecado he contra el cielo, y contra ti: ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Mas el padre dijo a sus siervos: Sacád el principal vestido, y vestídle; y ponéd anillo en su mano, y zapatos en sus pies; Y traéd el becerro grueso, y matádle; y comamos, y hagamos banquete; Porque éste mi hijo muerto era, y ha revivido: se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a hacer banquete. Y su hijo el más viejo estaba en el campo, el cual como vino, y llegó cerca de casa, oyó la sinfonía y las danzas; Y llamando a uno de los siervos, le preguntó qué era aquello. Y él le dijo: Tu hermano es venido; y tu padre ha muerto el becerro grueso, por haberle recibido salvo. Entonces él se enojó, y no quería entrar. El padre entonces saliendo, le rogaba que entrase. Mas él respondiendo, dijo a su padre: He aquí, tantos años ha que te sirvo, que nunca he traspasado tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para que haga banquete con mis amigos; Mas después que vino éste tu hijo, que ha engullido tu hacienda con rameras, le has matado el becerro grueso. El entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas; Mas hacer banquete y holgarnos era menester; porque éste tu hermano muerto era, y revivió: se había perdido, y es hallado.
Oración vespertina — segunda lectura
¶ Y dicho esto, iba delante subiendo a Jerusalem. Y aconteció, que llegando cerca de Betfage, y de Betania, al monte que se llama de las Olivas, envió dos de sus discípulos, Diciendo: Id a la aldea que está delante, en la cual como entraréis, hallaréis un pollino atado en el cual ningún hombre jamás se ha sentado: desatádle, y traédle acá. Y si alguien os preguntare: ¿Por qué le desatáis? le diréis así: Porque el Señor le ha menester. Y fueron los que habían sido enviados, y hallaron, como él les dijo. Y desatando ellos el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino? Y ellos dijeron: Porque el Señor le ha menester. Y le trajeron a Jesús; y echando ellos sus ropas sobre el pollino, pusieron encima a Jesús. Y yendo él, tendían sus vestidos por el camino. Y como llegasen ya cerca de la descendida del monte de las Olivas, toda la multitud de los discípulos, regocijándose, comenzaron a alabar a Dios a gran voz por todas las maravillas que habían visto, Diciendo: Bendito el rey que viene en nombre del Señor: paz en el cielo, y gloria en las alturas. Entonces algunos de los Fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. Y él respondiendo, les dijo: Os digo que si estos callaren, las piedras clamarán. Y como llegó cerca, viendo la ciudad, lloró sobre ella, Diciendo: ¡Ah, si tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que toca a tu paz! mas ahora está encubierto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, que tus enemigos te cercarán con trinchera; y te pondrán cerco, y de todas partes te pondrán en estrecho; Y te derribarán a tierra; y a tus hijos, los que están dentro de ti; y no dejarán en ti piedra sobre piedra; por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación. Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, Diciéndoles: Escrito está: Mi casa, casa de oración es; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. Y enseñaba cada día en el templo; mas los príncipes de los sacerdotes, y los escribas, y los príncipes del pueblo procuraban matarle. Y no hallaban que hacerle, porque todo el pueblo estaba suspenso oyéndole.
Evangelio
¶ Y vino a Betsaida, y le traen un ciego, y le ruegan que le tocase. Entonces tomando al ciego de la mano, le sacó fuera de la aldea, y escupiendo en sus ojos, y poniéndole las manos encima, le preguntó, si veía algo. Y él mirando, dijo: Veo los hombres como árboles que andan. Luego le puso otra vez las manos sobre sus ojos, y le hizo que mirase; y quedó restituido, y vio de lejos y claramente a todos. Y le envió a su casa, diciendo: No entres en la aldea, ni lo digas a nadie en la aldea. ¶ Y salió Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Y ellos respondieron: Juan el Bautista; y otros: Elías; y otros: Alguno de los profetas. Entonces él les dice: ¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Y respondiendo Pedro le dice: Tú eres el Cristo. Y mandóles con rigor que a ninguno dijesen esto de él. Y comenzó a enseñarles, que era menester que el Hijo del hombre padeciese mucho, y ser reprobado de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Y claramente decía esta palabra. Entonces Pedro le tomó, y le comenzó a reñir. Y él, volviéndose, y mirando a sus discípulos, riñó a Pedro, diciendo: Apártate de mí, Satanás; porque no sabes las cosas que son de Dios, sino las que son de los hombres.
Evangelio
El día siguiente quiso Jesús ir a Galilea, y halla a Felipe; y le dice: Sígueme. Y era Felipe de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe halló a Natanael, y le dice: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Y le dijo Natanael: ¿De Nazaret puede haber algo de bueno? Dícele Felipe: Ven, y ve. Jesús vio venir a sí a Natanael, y dijo de él: He aquí un verdaderamente Israelita, en el cual no hay engaño. Dícele Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondióle Jesús, y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te ví. Respondió Natanael, y le dijo: Rabbi, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús, y le dijo: ¿Porque te dije: Víte debajo de la higuera, crees? cosas mayores que estas verás. Y le dice: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre.
Evangelio
Jesús pues seis días antes de la pascua vino a Betania, donde estaba Lázaro el que había muerto, al cual Jesús había resucitado de entre los muertos. E hiciéronle allí una cena, y Marta servía; mas Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa juntamente con él. Entonces María tomó una libra de ungüento de nardo puro de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y limpió sus pies con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del ungüento. Entonces dijo uno de sus discípulos, Júdas Iscariote, hijo de Simón, el que le había de entregar; ¿Por qué no se ha vendido este ungüento por trescientos denarios, y se dio a los pobres? Esto dijo, no por el cuidado que él tenía de los pobres; mas porque era ladrón; y tenía la bolsa, y traía lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala: para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, mas a mí no siempre me tenéis. Entonces una gran multitud de los Judíos entendió que él estaba allí; y vinieron no solamente por causa de Jesús, sino también por ver a Lázaro al cual había resucitado de entre los muertos. Empero consultaron los príncipes de los sacerdotes, para matar también a Lázaro; Porque muchos de los Judíos iban y creían en Jesús por causa de él. ¶ El siguiente día una gran multitud de gente que había venido a la fiesta, como oyeron que Jesús venía a Jerusalem, Tomaron ramos de palmas, y saliéronle a recibir, y clamaban: Hosanna: Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel. Y halló Jesús un asnillo, y se sentó sobre él, como está escrito: No temas, oh hija de Sión, he aquí, tu Rey viene asentado sobre un pollino de una asna. Mas estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio: empero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron que estas cosas estaban escritas de él, y que le hicieron estas cosas. La gente, pues, que estaba con él, cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le resucitó de entre los muertos, daba testimonio. Por lo cual también había venido la gente a recibirle; porque habían oído que él había hecho este milagro. Mas los Fariseos dijeron entre sí: ¿Veis que nada aprovecháis? he aquí, que el mundo se va en pos de él. ¶ Y había ciertos Griegos de los que habían subido a adorar en la fiesta. Estos, pues, se llegaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, querríamos ver a Jesús. Vino Felipe, y lo dijo a Andrés: Y otra vez Andrés, y Felipe, lo dicen a Jesús. Y Jesús les respondió, diciendo: La hora viene en que el Hijo del hombre ha de ser glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo que cae en la tierra, no muriere, él solo queda; mas si muriere, mucho fruto lleva. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará. Ahora es turbada mi alma; ¿y qué diré? Padre, sálvame de esta hora; mas por esto he venido a esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo, diciendo: Ya lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez. El pueblo, pues, que estaba presente, y la había oído, decía que había sido un trueno: otros decían: Un ángel le ha hablado. Respondió Jesús, y dijo: No ha venido esta voz por mi causa, sino por causa de vosotros. Ahora es el juicio de este mundo: ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y esto decía dando a entender de qué muerte había de morir. Respondióle la gente: Nosotros hemos oído de la ley, que el Cristo permanece para siempre: ¿cómo pues dices tú: El Hijo del hombre ha de ser levantado? ¿Quién es este Hijo del hombre? Entonces Jesús les dijo: Aun por un poco estará la luz entre vosotros: andád entre tanto que tenéis la luz, no sea que os alcancen las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe donde va. Entre tanto que tenéis luz, creéd en la luz, para que seáis hijos de luz. Estas cosas habló Jesús, y se fue, y se escondió de ellos. ¶ Empero aunque había hecho delante de ellos tantos milagros, no creían en él; Para que se cumpliese el dicho que dijo el profeta Isaías: ¿Señor, quién ha creído a nuestro dicho? ¿y el brazo del Señor, a quién ha sido revelado? Por esto no podían creer, porque otra vez dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; porque no vean de los ojos, ni entiendan de corazón, y se conviertan, y yo los sane. Estas cosas dijo Isaías, cuando vio su gloria, y habló de él. Con todo eso aun de los príncipes muchos creyeron en él; mas por causa de los Fariseos no le confesaban, por no ser echados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios. ¶ Mas Jesús clamó, y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió. Yo la luz he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí, no permanezca en tinieblas. Y el que oyere mis palabras, y no creyere, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, mas a salvar al mundo. El que me desecha, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue: la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Porque yo no he hablado de mí mismo; mas el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que tengo de decir, y de lo que tengo de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna: así que lo que yo hablo, como el Padre me lo ha dicho, así hablo.
Un plan diario que recorre la Biblia de forma continua. El texto de la Biblia es de dominio público. (Reina-Valera Antigua 1865)
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