Lecturas del día
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Oración matutina — primera lectura
Y RESPONDIO Bildad Suhita, y dijo: ¿Hasta cuándo hablarás tales cosas, Y las palabras de tu boca serán como un viento fuerte? ¿Acaso pervertirá Dios el derecho, O el Todopoderoso pervertirá la justicia? Si tus hijos pecaron contra él, El los echó en el lugar de su pecado. Si tú de mañana buscares á Dios, Y rogares al Todopoderoso; Si fueres limpio y derecho, Cierto luego se despertará sobre ti, Y hará próspera la morada de tu justicia. Y tu principio habrá sido pequeño, Y tu postrimería acrecerá en gran manera. Porque pregunta ahora á la edad pasada, Y disponte para inquirir de sus padres de ellos; Pues nosotros somos de ayer, y no sabemos, Siendo nuestros días sobre la tierra como sombra. ¿No te enseñarán ellos, te dirán, Y de su corazón sacarán palabras? ¿Crece el junco sin lodo? ¿Crece el prado sin agua? Aun él en su verdor no será cortado, Y antes de toda hierba se secará. Tales son los caminos de todos los que olvidan á Dios: Y la esperanza del impío perecerá: Porque su esperanza será cortada, Y su confianza es casa de araña. Apoyaráse él sobre su casa, mas no permanecerá en pie; Atendráse á ella, mas no se afirmará. A manera de un árbol, está verde delante del sol, Y sus renuevos salen sobre su huerto; Vanse entretejiendo sus raíces junto á una fuente, Y enlazándose hasta un lugar pedregoso. Si le arrancaren de su lugar, Este negarále entonces, diciendo: Nunca te vi. Ciertamente éste será el gozo de su camino; Y de la tierra de donde se traspusiere, nacerán otros. He aquí, Dios no aborrece al perfecto, Ni toma la mano de los malignos. Aun henchirá tu boca de risa, Y tus labios de júbilo. Los que te aborrecen, serán vestidos de confusión; Y la habitación de los impíos perecerá.
Oración matutina — segunda lectura
EN aquellos días, como hubo gran gentío, y no tenían qué comer, Jesús llamó á sus discípulos, y les dijo: Tengo compasión de la multitud, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer: Y si los enviare en ayunas á sus casas, desmayarán en el camino; porque algunos de ellos han venido de lejos. Y sus discípulos le respondieron: ¿De dónde podrá alguien hartar á estos de pan aquí en el desierto? Y les pregunto: ¿Cuántos panes tenéis? Y ellos dijeron: Siete. Entonces mandó á la multitud que se recostase en tierra; y tomando los siete panes, habiendo dado gracias, partió, y dió á sus discípulos que los pusiesen delante: y los pusieron delante á la multitud. Tenían también unos pocos pececillos: y los bendijo, y mandó que también los pusiesen delante. Y comieron, y se hartaron: y levantaron de los pedazos que habían sobrado, siete espuertas. Y eran los que comieron, como cuatro mil: y los despidió. Y luego entrando en el barco con sus discípulos, vino á las partes de Dalmanutha. Y vinieron los Fariseos, y comenzaron á altercar con él, pidiéndole señal del cielo, tentándole. Y gimiendo en su espíritu, dice: ¿Por qué pide señal esta generación? De cierto os digo que no se dará señal á esta generación. Y dejándolos, volvió á entrar en el barco, y se fué de la otra parte. Y se habían olvidado de tomar pan, y no tenían sino un pan consigo en el barco. Y les mandó, diciendo: Mirad, guardaos de la levadura de los Fariseos, y de la levadura de Herodes. Y altercaban los unos con los otros diciendo: Pan no tenemos. Y como Jesús lo entendió, les dice: ¿Qué altercáis, porque no tenéis pan? ¿no consideráis ni entendéis? ¿aun tenéis endurecido vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿y no os acordáis? Cuando partí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas espuertas llenas de los pedazos alzasteis? Y ellos dijeron: Doce. Y cuando los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de los pedazos alzasteis? Y ellos dijeron: Siete. Y les dijo: ¿Cómo aún no entendéis? Y vino á Bethsaida; y le traen un ciego, y le ruegan que le tocase. Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, y poniéndole las manos encima, le preguntó si veía algo. Y él mirando, dijo: Veo los hombres, pues veo que andan como árboles. Luego le puso otra vez las manos sobre sus ojos, y le hizo que mirase; y fué restablecido, y vió de lejos y claramente á todos. Y envióle á su casa, diciendo: No entres en la aldea, ni lo digas á nadie en la aldea. Y salió Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó á sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Y ellos respondieron: Juan Bautista; y otros, Elías; y otros, Alguno de los profetas. Entonces él les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y respondiendo Pedro, le dice: Tú eres el Cristo. Y les apercibió que no hablasen de él á ninguno. Y comenzó á enseñarles, que convenía que el Hijo del hombre padeciese mucho, y ser reprobado de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Y claramente decía esta palabra. Entonces Pedro le tomó, y le comenzó á reprender. Y él, volviéndose y mirando á sus discípulos, riñó á Pedro, diciendo: Apártate de mí, Satanás; porque no sabes las cosas que son de Dios, sino las que son de los hombres. Y llamando á la gente con sus discípulos, les dijo: Cualquiera que quisiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si granjeare todo el mundo, y pierde su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adulterina y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él, cuando vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles.
Oración vespertina — primera lectura
Y RESPONDIO Job, y dijo: Ciertamente yo conozco que es así: ¿Y cómo se justificará el hombre con Dios? Si quisiere contender con él, No le podrá responder á una cosa de mil. El es sabio de corazón, y poderoso en fortaleza, ¿Quién se endureció contra él, y quedó en paz? Que arranca los montes con su furor, Y no conocen quién los trastornó: Que remueve la tierra de su lugar, Y hace temblar sus columnas: Que manda al sol, y no sale; Y sella las estrellas: El que extiende solo los cielos, Y anda sobre las alturas de la mar: El que hizo el Arcturo, y el Orión, y las Pléyadas, Y los lugares secretos del mediodía: El que hace cosas grandes é incomprensibles, Y maravillosas, sin número. He aquí que él pasará delante de mí, y yo no lo veré; Y pasará, y no lo entenderé. He aquí, arrebatará; ¿quién le hará restituir? ¿Quién le dirá, Qué haces? Dios no tornará atrás su ira, Y debajo de él se encorvan los que ayudan á los soberbios. ¿Cuánto menos le responderé yo, Y hablaré con él palabras estudiadas? Que aunque fuese yo justo, no responderé; Antes habré de rogar á mi juez. Que si yo le invocase, y él me respondiese, Aun no creeré que haya escuchado mi voz. Porque me ha quebrado con tempestad, Y ha aumentado mis heridas sin causa. No me ha concedido que tome mi aliento; Mas hame hartado de amarguras. Si habláremos de su potencia, fuerte por cierto es; Si de juicio, ¿quién me emplazará? Si yo me justificare, me condenará mi boca; Si me dijere perfecto, esto me hará inicuo. Bien que yo fuese íntegro, no conozco mi alma: Reprocharé mi vida. Una cosa resta que yo diga: Al perfecto y al impío él los consume. Si azote mata de presto, Ríese de la prueba de los inocentes. La tierra es entregada en manos de los impíos, Y él cubre el rostro de sus jueces. Si no es él, ¿quién es? ¿dónde está? Mis días han sido más ligeros que un correo; Huyeron, y no vieron el bien. Pasaron cual navíos veloces: Como el águila que se arroja á la comida. Si digo: Olvidaré mi queja, Dejaré mi aburrimiento, y esforzaréme: Contúrbanme todos mis trabajos; Sé que no me darás por libre. Yo soy impío, ¿Para qué trabajaré en vano? Aunque me lave con aguas de nieve, Y limpie mis manos con la misma limpieza, Aun me hundirás en el hoyo, Y mis propios vestidos me abominarán. Porque no es hombre como yo, para que yo le responda, Y vengamos juntamente á juicio. No hay entre nosotros árbitro Que ponga su mano sobre nosotros ambos. Quite de sobre mí su vara, Y su terror no me espante. Entonces hablaré, y no le temeré: Porque así no estoy en mí mismo.
Oración vespertina — segunda lectura
PORQUE sabemos, que si la casa terrestre de nuestra habitación se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser sobrevestidos de aquella nuestra habitación celestial; Puesto que en verdad habremos sido hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo, gemimos agravados; porque no quisiéramos ser desnudados; sino sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Mas el que nos hizo para esto mismo, es Dios; el cual nos ha dado la prenda del Espíritu. Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo, que entre tanto que estamos en el cuerpo, peregrinamos ausentes del Señor; (Porque por fe andamos, no por vista;) Mas confiamos, y más quisiéramos partir del cuerpo, y estar presentes al Señor. Por tanto procuramos también, ó ausentes, ó presentes, serle agradables: Porque es menester que todos nosotros parezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno ó malo. Estando pues poseídos del temor del Señor, persuadimos á los hombres, mas á Dios somos manifiestos; y espero que también en vuestras conciencias somos manifiestos. No nos encomendamos pues otra vez á vosotros, sino os damos ocasión de gloriaros por nosotros, para que tengáis qué responder contra los que se glorían en las apariencias, y no en el corazón. Porque si loqueamos, es para Dios; y si estamos en seso, es para vosotros. Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: Que si uno murió por todos, luego todos son muertos; Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, mas para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de aquí adelante á nadie conocemos según la carne: y aun si á Cristo conocimos según la carne, empero ahora ya no le conocemos. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto es de Dios, el cual nos reconcilió á sí por Cristo; y nos dió el ministerio de la reconciliación. Porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo á sí, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.
Las lecturas siguen el Libro de Oración Común de 1662 (dominio público). El texto de las Escrituras es de dominio público. (Reina-Valera 1909)
Las lecturas del día, cada mañana
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