Lecturas del día
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Primera lectura
¿Pues qué diremos á esto? Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que aun á su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará á los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está á la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? tribulación? ó angustia? ó persecución? ó hambre? ó desnudez? ó peligro? ó cuchillo? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo: Somos estimados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, Ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Salmo responsorial
DISPUTA, oh Jehová, con los que contra mí contienden; Pelea con los que me combaten. Echa mano al escudo y al pavés, Y levántate en mi ayuda. Y saca la lanza, cierra contra mis perseguidores; Di á mi alma: Yo soy tu salud. Avergüéncense y confúndanse los que buscan mi alma: Vuelvan atrás, y sean avergonzados los que mi mal intentan. Sean como el tamo delante del viento; Y el ángel de Jehová los acose. Sea su camino oscuridad y resbaladeros; Y el ángel de Jehová los persiga. Porque sin causa escondieron para mí su red en un hoyo; Sin causa hicieron hoyo para mi alma. Véngale el quebrantamiento que no sepa, Y su red que escondió lo prenda: Con quebrantamiento en ella caiga. Y gócese mi alma en Jehová; Y alégrese en su salud. Todos mis huesos dirán: Jehová, ¿quién como tú, Que libras al afligido del más fuerte que él, Y al pobre y menesteroso del que le despoja? Levantáronse testigos falsos; Demandáronme lo que no sabía; Volviéronme mal por bien, Para abatir á mi alma. Mas yo, cuando ellos enfermaron, me vestí de saco; Afligí con ayuno mi alma, Y mi oración se revolvía en mi seno. Como por mi compañero, como por mi hermano andaba; Como el que trae luto por madre, enlutado me humillaba. Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; Juntáronse contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía: Despedazábanme, y no cesaban; Con los lisonjeros escarnecedores truhanes, Crujiendo sobre mí sus dientes. Señor, ¿hasta cuándo verás esto? Recobra mi alma de sus quebrantamientos, mi única de los leones. Te confesaré en grande congregación; Te alabaré entre numeroso pueblo. No se alegren de mí mis enemigos injustos: Ni los que me aborrecen sin causa hagan del ojo. Porque no hablan paz; Y contra los mansos de la tierra piensan palabras engañosas. Y ensancharon sobre mí su boca; Dijeron: ¡Ea, ea, nuestros ojos lo han visto! Tú lo has visto, oh Jehová; no calles: Señor, de mí no te alejes. Muévete y despierta para mi juicio, Para mi causa, Dios mío y Señor mío. Júzgame conforme á tu justicia, Jehová Dios mío; Y no se alegren de mí. No digan en su corazón: ¡Ea, alma nuestra! No digan: ¡Hémoslo devorado! Avergüencense, y sean confundidos á una los que de mi mal se alegran: Vístanse de vergüenza y de confusión los que se engrandecen contra mí. Canten y alégrense los que están á favor de mi justa causa, Y digan siempre: Sea ensalzado Jehová, Que ama la paz de su siervo. Y mi lengua hablará de tu justicia, Y de tu loor todo el día.
Segunda lectura
Empero antes que viniese la fe, estábamos guardados bajo la ley, encerrados para aquella fe que había de ser descubierta. De manera que la ley nuestro ayo fué para llevarnos á Cristo, para que fuésemos justificados por la fe. Mas venida la fe, ya no estamos bajo ayo; Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis vestidos. No hay Judío, ni Griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón, ni hembra: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente la simiente de Abraham sois, y conforme á la promesa los herederos.
Evangelio
Y aconteció que estando en una ciudad, he aquí un hombre lleno de lepra, el cual viendo á Jesús, postrándose sobre el rostro, le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Entonces, extendiendo la mano, le tocó diciendo: Quiero: sé limpio. Y luego la lepra se fué de él. Y él le mandó que no lo dijese á nadie: Mas ve, díjole, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu limpieza, como mandó Moisés, para testimonio á ellos. Empero tanto más se extendía su fama: y se juntaban muchas gentes á oir y ser sanadas de sus enfermedades. Mas él se apartaba á los desiertos, y oraba.
Las lecturas siguen el leccionario bizantino. El texto de las Escrituras es de dominio público. (Reina-Valera 1909)
Las lecturas del día, cada mañana
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